Diario de Copas

Aprender mixología online desde casa tras varios meses de práctica

Aprender mixología online desde casa tras varios meses de práctica

Hay una mancha de café seca sobre la esquina derecha de mi cuaderno. Es del domingo pasado, pero parece una cicatriz más vieja. Me quedé mirándola mientras esperaba que hirviera el agua del mate, acá en el mostrador de la cocina. Releía mis notas de fines de marzo y me di cuenta de algo que me dio un poco de vergüenza: mis anotaciones no eran mías. Eran solo copias. Recetas de otros que yo repetía como quien sigue una instrucción de montaje de muebles. Un poco de esto, un poco de aquello, y que salga lo que Dios quiera.

Un apunte administrativo antes de empezar el cuaderno de hoy: en estas páginas vas a encontrar algunos enlaces a cursos o herramientas que uso. Si terminás anotándote en algo a través de ellos, la plataforma me da una comisión pequeña. A vos no te sale ni un peso uruguayo más caro —el precio es el mismo— y a mí me ayuda a mantener el sitio. Solo recomiendo lo que pasó por mi propia tarjeta y mi mostrador. Si me ves muy entusiasmada con algo, mirá siempre la sección de 'lo que no funcionó' al final; ahí está la verdad sin filtro.

Como UX writer, mi cabeza funciona por estructuras. Pasé años ordenando flujos de usuario y botones, y de golpe me encontré frente a una botella de gin sin entender por qué un trago funcionaba y otro era un desastre. Me cansé de los tres Malbec de siempre y de los asados repetidos. Quería entender la arquitectura líquida. Por eso, después de pensarlo tres veces frente a la pantalla, me anoté en un curso de coctelería de autor. No soy sommelier, no tengo título de nada y, por favor, si sentís que el alcohol te está pegando de una forma que no te gusta o te afecta el sueño, consultá con un médico. Yo solo soy una aficionada con un cuaderno y ganas de que el domingo no sea tan silencioso.

Menos es más en un dos ambientes

Vivir en un departamento de dos ambientes en Pocitos tiene su encanto, pero el espacio para botellas y herramientas es casi nulo. Cuando empecé a investigar sobre mixología, casi me rindo al ver esos kits de barman que traen doce piezas plateadas. ¿Dónde meto todo eso sin que termine arriba de la heladera juntando grasa? Mi enfoque tuvo que ser minimalista por obligación.

Frasco de mermelada usado como coctelera y herramientas básicas en una cocina pequeña.

Descubrí que no necesitaba la cuchara bailarina de un metro si tenía una cuchilla de cocina bien afilada (aunque la mía tiene una mella por culpa de un tomate rebelde) y un frasco de mermelada vacío para batir. Lo que sí necesitaba era precisión. En la coctelería, las medidas no son sugerencias. Aprendí que una onza son exactamente 29.57 mililitros. Parece una pavada, pero errarle por cinco mililitros es la diferencia entre un trago equilibrado y algo que sabe a jarabe para la tos. En mi mostrador, el orden importa: siempre agrego primero los jugos y almíbares, que son lo más barato. Si me equivoco ahí, duele menos tirar el líquido que si ya hubiera volcado el destilado caro.

En mayo, un sábado de lluvia de esos que te encierran, me pasé la tarde practicando el agitado. El sonido del hielo golpeando el metal de la coctelera en el silencio absoluto de mi departamento fue casi hipnótico. Ahí entendí lo que dicen de la cristalería fría: si no enfriás la copa antes, el hielo se derrite más rápido de lo que tardás en decir 'salud' y terminás tomando agua con gusto a alcohol. Podés leer más sobre esto en mi entrada sobre tipos de copas para cócteles de autor que no pueden faltar en casa.

El clic de la arquitectura líquida

Después de tres meses de práctica, algo hizo clic. Fue gracias al módulo de equilibrio del Curso Coctelería de Autor Online. Es de los más caros que vi, y confieso que miré el precio varias veces pensando si no era un delirio gastar eso cuando todavía confundo un Pinot Noir con un Tempranillo por la forma de la botella. Pero tiene un puntaje de 4.9 por algo: te enseña a dejar de copiar y a empezar a crear.

El curso me enseñó la regla de oro: el balance entre lo dulce, lo amargo y lo ácido. Es como diseñar una interfaz; si un elemento grita demasiado, el usuario se pierde. Acá, si el ácido tapa el alcohol, el trago está roto. Esa lógica la empecé a aplicar incluso cuando elijo un vino para cenar con amigos. Ya no busco 'notas de cuero' —que nunca entendí qué significan— sino que trato de ver si el vino se sostiene solo o si necesita algo que lo empuje.

Pantalla de laptop con curso de mixología online junto a un cóctel artesanal.

Aprendí también que la graduación alcohólica base de casi todo lo que tengo en el estante, como el gin o el whisky, anda por el 40%. Saber eso me ayuda a calcular cuánto 'punch' va a tener la mezcla antes de dar el primer sorbo. Si te interesa ir más a lo seguro antes de inventar, el Curso Coctelería Clásica Online es mucho más sólido para arrancar con lo básico como un Negroni o un Manhattan sin quemarse la cabeza.

De la teoría al mostrador (con algún que otro desastre)

No todo es éxito en esta cocina. Hace un par de semanas intenté una receta propia. Quería algo con aroma a cítricos pero no tenía naranjas. Se me ocurrió sustituir un bitter de naranja por una cáscara seca de mandarina que había comprado en la feria de la calle Villa Biarritz. El resultado fue un líquido imbebible, amargo de una forma metálica que me quedó pegada al paladar toda la noche. Un garrón total, pero de eso también se aprende: las sustituciones a ojo en la coctelería de autor son peligrosas. Podés ver lo que sí me funcionó en mi nota sobre aprender a usar cítricos en coctelería de autor para principiantes.

Primer plano de manos preparando guarnición de cítricos en una cocina real e imperfecta.

Pero el sábado pasado pasó algo distinto. Preparé una mezcla propia, ajustando el almíbar que yo misma cociné (usando técnicas de almíbares caseros). Cuando di el primer trago, sentí esa pequeña descarga de adrenalina al notar que el ácido no tapaba el alcohol por primera vez. Estaba ahí. Era mi receta. No era la de un libro de los años cincuenta ni la de un bar de moda en Palermo. Era la mía, hecha en Pocitos, con una cubetera que no quería soltar el hielo y una cuchilla mellada.

Si sentís que tenés ganas de ir un paso más allá de lo básico, hay programas más extensos como el Master en Coctelería y Mixología, aunque tiene pocas reseñas y yo lo tomé con pinzas. Para mí, el de coctelería de autor fue el que realmente cambió cómo escribo en este cuaderno. Me dio el vocabulario para describir mis propios tragos, algo que terminó influyendo hasta en cómo encaro mi trabajo de UX writer para mis clientes uruguayos.

Cierro el cuaderno de hoy. El agua del mate ya está lista y el sol empieza a pegar fuerte en la ventana que da al patio interno. El sitio web que abrí en marzo finalmente tiene sentido: ya no es solo un registro de lo que compré, sino un mapa de lo que estoy aprendiendo a construir. La botella de Tannat sigue ahí, esperando el próximo sábado. Quizás esta vez me anime a algo nuevo, sin miedo a mancharme la pollera o a que el hielo no sea perfecto.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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