Diario de Copas

Cómo catar vino en casa sin ser experta después de varios intentos

Cómo catar vino en casa sin ser experta después de varios intentos

La mancha de café en la esquina derecha del cuaderno me recuerda que el domingo pasado estaba igual de perdida que hoy. El sol entra por la ventana del patio interno del edificio de Pocitos y pega justo en el mostrador de madera, ahí donde tengo el cuaderno tapa dura abierto. Ayer abrí una botella de Tannat uruguayo y lo único que pude anotar en la página fue "sabe a color violeta". Una genialidad de UX writer frustrada, supongo.

Un apunte administrativo antes de seguir: en este diario a veces aparecen enlaces a cursos de Hotmart. Si terminás anotándote en algo a través de ellos, la plataforma me da una comisión del 72% en algunos casos, como en el curso de autor que menciono más adelante. Esto no te suma ni un peso al precio final —ni acá en Montevideo ni en Buenos Aires— y solo me llega si completás la inscripción. Son cosas que yo misma pagué y que tengo en mi mostrador, pero como siempre digo, yo no soy sommelier ni médica. Si el tema del alcohol te genera dudas de salud, mejor charlalo con un profesional de confianza.

Del Malbec de súper a la hoja en blanco

Cuaderno de notas personal y botella de vino de 750ml sobre mesada de madera.

Pasé años en Palermo tomando siempre los mismos tres tintos del supermercado. Me mudé a Uruguay en 2023 y el ritual del sábado se volvió una forma de llenar el silencio de los domingos. Pero el problema seguía ahí: compraba una botella estándar de 750ml, me servía una medida de unos 60ml para probar —como dicen los que saben— y me quedaba mirando el vidrio sin saber qué decir. Para mí, el vino era vino. O era rico, o era un garrón que terminaba en la balsa de la salsa de tomate.

Mi madre me dejó un libro de tragos viejo en la biblioteca y el olor de ese papel amarillento, mezclado con el aroma terroso de un tinto recién descorchado, me dio ganas de entender más. Pero me frustraba. Todavía confundo un Pinot Noir con un Tempranillo si la botella tiene la misma forma. No tengo el paladar entrenado y mi vocabulario se limita a lo que veo en la cocina: la cuchilla mellada, la pollera que se manchó con una gota rebelde, el frío de la cubetera que no suelta el hielo.

Intenté seguir guías de revistas de esas que hablan de "notas de cuero" o "boca redonda". Posta, nunca sentí olor a cuero en un vaso. Lo más cerca que estuve de una descripción profesional fue cuando noté que un vino olía a la biblioteca de mi vieja. Ahí me di cuenta de que catar no es repetir palabras difíciles, sino encontrar qué te dice a vos esa botella un sábado a la noche mientras esperás que se cocine algo.

El truco del vaso de vidrio común

Comparación visual entre una copa de cristal y un vaso de vidrio común con vino.

Acá es donde me puse rebelde. Todo el mundo te dice que necesitás la copa de cristal finísimo, esa que parece que se va a romper si la mirás fijo. Yo descubrí que para aprender, lo mejor es el vaso de vidrio gordo, el de todos los días. O incluso una taza de cerámica blanca si querés ver bien el color sin reflejos raros.

El cristal fino es como un filtro de Instagram: hace que todo se vea y se huela más elegante. Pero si querés encontrarle los fallos a un vino, el vaso de Duralex es tu mejor amigo. Ahí no hay donde esconderse. Si el vino es un poco ácido de más o si tiene ese olor metálico de cuando no está bien terminado, en el vaso común salta enseguida. Es como probarse ropa con la luz blanca del probador en lugar de la luz tenue del cuarto.

Empecé a servirme esos 60ml de cata en vasos diferentes. Un día en copa, otro día en el vaso del agua. Es increíble cómo cambia. En el vaso común, el aroma no se concentra tanto, entonces te obliga a meter más la nariz, a buscarle la vuelta. Así fue como dejé de anotar "sabor a violeta" y empecé a poner cosas como "huele a ciruela que se pasó de madura en el frutero de la cocina".

Si querés profundizar en cómo armar tus propias experiencias, te recomiendo leer sobre mi primer sábado de Tannat, donde dejé de esquivar la cepa local para empezar a entenderla en serio.

Cuando la coctelería me salvó el paladar

Libro de recetas antiguo y botella de vino en una cocina de departamento.

Mi gran salto no vino de un curso de vinos. Vino de aburrirme de tomar siempre lo mismo y comprar el Curso Coctelería de Autor Online. Al principio pensé que no tenía nada que ver, pero el módulo donde enseñan a equilibrar lo dulce, lo amargo y lo ácido me cambió el chip. De repente, cuando probaba un vino, ya no buscaba "frutos del bosque". Buscaba si la acidez me hacía salivar o si el amargor se quedaba pegado al fondo de la lengua como un café mal colado.

Ese curso tiene una calificación de 4.9 y entiendo por qué. No te dan una receta y ya. Te explican el porqué de las cosas. Aplicar esa lógica de barman a mi copa de vino de los sábados fue lo que finalmente me permitió llenar el cuaderno. Aprendí a describir mis propias mezclas y eso me dio la confianza para dejar de sentirme una impostora frente a la góndola de la vinería de la calle 21 de Setiembre.

A veces, el problema no es que no sepamos catar, sino que no tenemos las herramientas para nombrar lo que sentimos. En el curso de autor hay una sección sobre cómo describir tu propio trago que me sirvió para mis notas de los domingos. Si estás empezando, también podés mirar algunos utensilios básicos para no andar improvisando tanto en la mesada.

La honestidad de los intentos fallidos

Mano cerrando un cuaderno de notas junto a un mate en una mañana soleada.

No todo lo que anoto en el cuaderno es un éxito. Hace un par de semanas compré un vino que supuestamente era la gloria y me pareció un jugo de uva con alcohol. Lo anoté así: "No lo volvería a comprar ni para un asado de compromiso". Ser honesta conmigo misma en el cuaderno es lo que me hace aprender. Si trato de forzar una nota de cata que no siento, me estoy mintiendo a mí misma y al amigo de Madrid al que le mando los audios después.

A veces me equivoco con las medidas, o me olvido la botella abierta en el mostrador y para el domingo a la mañana ya es vinagre. Son gajes del oficio de aficionada. Lo importante es que ahora, cuando me siento con el primer café antes de que se enfríe, tengo algo que decir. Ya no es solo el silencio del domingo en Pocitos.

Si sentís que te falta una base más sólida antes de mandarte a inventar, quizás te sirva aprender recetas clásicas primero. A mí me dio la estructura que me faltaba para entender por qué algunos sabores funcionan juntos y otros simplemente no pegan ni con pegamento.

Cierro el cuaderno. El agua del mate ya está por hervir y el ruido del primer auto pasando por la rambla me avisa que el domingo arrancó de verdad. No soy experta, pero hoy sé por qué me gusta lo que tengo en la copa. Y con eso me alcanza.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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