
La mancha de café en la esquina derecha del cuaderno ya se secó. Es un círculo marrón claro que pisa las notas del domingo pasado. En la cocina no vuela una mosca. Solo se escucha el ruido de la heladera y, de vez en cuando, el primer auto que baja por la rambla hacia el Centro. Son esos diez minutos de paz antes de que el agua del mate empiece a protestar. Tengo el cuaderno abierto en la página del sábado a la noche. Hay un anillo de color violeta profundo, casi negro, que quedó marcado cuando apoyé la copa demasiado rápido sobre el papel manteca.
Un aviso parroquial antes de seguir con el vino. En este cuaderno a veces vas a ver enlaces a cursos que hice, como los de Hotmart. Si terminás comprando uno por ahí, a mí me queda una comisión chiquita que no te cambia el precio a vos —ni un peso uruguayo más, ni un centavo argentino menos—. Solo recomiendo lo que pasó por mi mostrador y pagué con mi tarjeta. Si alguna vez me leés muy manija con algo, fijate al final donde anoto lo que dejé sin terminar; ahí está el equilibrio.
Todo empezó un sábado de agosto pasado. Llovía de esa forma que solo llueve en Montevideo: de costado y con ganas de mojarte los muebles si dejás la ventana apenas abierta. Yo estaba en la cocina, mirando una botella que me habían regalado. Era un Tannat de Canelones. Hasta ese día, yo era la reina del Malbec de supermercado. Me traía botellas de Buenos Aires cada vez que podía, como si el Río de la Plata fuera una frontera de sabores que no me animaba a cruzar. Sentía que si me pasaba al Tannat, estaba traicionando un poco mis raíces de Palermo. Pero el silencio del departamento pedía algo distinto.
El miedo a la cepa nacional
Le tenía idea al Tannat. En las pocas cenas a las que fui desde que me mudé a Pocitos en 2023, siempre escuchaba lo mismo: que es un vino fuerte, que te deja la lengua áspera, que es para comerse un asado de tres horas y nada más. Yo, que todavía confundo un Pinot Noir con un Tempranillo si la botella es parecida, no quería meterme en líos. Me imaginaba una guerra en mi paladar y yo sin herramientas para defenderme.

Ese sábado de agosto me decidí. Descorché la botella. El color era imponente, un violeta que parecía tinta china. Serví apenas dos dedos en el vaso corto —el único que tenía limpio—. Lo primero que sentí fue el pucker, ese fruncido de las mejillas que te da el vino cuando tiene mucha personalidad y no respiró lo suficiente. Después, un calorcito inmediato en el pecho. No era feo, pero era demasiado. Mis notas de esa noche en el cuaderno fueron un desastre: "muy seco", "muy violeta", "me manchó los labios". No sabía cómo explicar lo que me estaba pasando.
Me enteré después, leyendo un poco por aburrimiento, que el Tannat es la cepa bandera de Uruguay porque ocupa casi el 25% de los viñedos del país. Lo trajo un tal Pascual Harriague en el siglo XIX y se quedó para siempre. Pero para una aficionada como yo, que solo quiere llenar el silencio del sábado a la noche, esos datos no significaban nada si el vino me resultaba difícil de tomar sola.
Cuando el vino dejó de ser solo vino
En noviembre, algo cambió. Me di cuenta de que mi problema no era el vino, sino mi falta de ideas. Estaba tratando la botella como un producto terminado e intocable. Un día, buscando cómo aprovechar una botella de vermut que me había quedado a la mitad, me crucé con el Curso Coctelería de Autor Online. Fue el que más me marcó, posta. No porque me quiera convertir en bartender, sino porque me enseñó a ver los líquidos como piezas de un rompecabezas.

Empecé a aplicar la misma lógica que uso para los microcopys en el laburo: claridad y estructura. Si un texto es muy pesado, le sacás adjetivos. Si un vino es muy tánico, necesitás algo que le haga el contrapeso. Aprendí a equilibrar el ácido y el amargo. El módulo de armado de recetas propias me voló la cabeza. Dejé de copiar y empecé a probar. Una noche de marzo, me animé a mezclar ese Tannat que me resultaba rudo con un toque de almíbar de moras que había hecho a la tarde. El cambio fue total.
Ojo, no siempre sale bien. El año pasado, por octubre, intenté inventar un "Tannat Sour". Qué garrón. No medí bien la acidez del limón y terminé con un líquido grisáceo, turbio, que sabía a vinagre metálico. Fue directo a la bacha. Ahí aprendí que la coctelería, como la vida en Montevideo, requiere paciencia y no mandarse de una sin entender el terreno. Si vas a arrancar de cero, quizás el Curso Coctelería Clásica Online sea más sólido para no desperdiciar botellas caras, porque te da las bases antes de que te pongas a inventar cosas raras.
La importancia del silencio y el espacio
Acá es donde mi teoría de la cata íntima se pone seria. He ido a catas en casas de amigos con mucha gente, música de fondo y tres conversaciones al mismo tiempo. Es imposible. El Tannat, con su graduación alcohólica que suele andar entre el 12.5% y el 14.5%, te exige que le prestes atención. Si hay ruido, si la cocina está llena de gente gritando, no le sentís el gusto a nada. El privilegio de vivir en este departamento de dos ambientes en Pocitos es que puedo sentarme en el mostrador, sola, y sentir cómo el vino cambia en la copa.

En esas noches de soledad elegida es cuando el cuaderno se llena de verdad. Anoto que tal botella de Reserva —que por ley acá tiene que pasar al menos 6 meses por madera— se siente distinta si la copa está fría o si el ambiente está calefaccionado. Son pavadas que una sommelier profesional se sabría de memoria, pero para mí son descubrimientos semanales.
Reflexiones de domingo a la mañana
A veces me pregunto qué pensarían mis ex compañeros de Buenos Aires si me vieran ahora. ¿Se reirían si supieran que ahora prefiero un tinto pesado uruguayo antes que ese Malbec livianito que tomábamos siempre? Capaz piensan que me volví "demasiado uruguaya". La verdad es que este ritual del cuaderno me ayudó a entender mi nueva casa. El Tannat es como Montevideo: al principio parece duro, un poco cerrado, pero cuando le encontrás la vuelta y le das el tiempo que necesita, no lo cambiás por nada.
Últimamente, mis domingos consisten en pasar en limpio lo que pasó el sábado. Como hace unas semanas, cuando abrí un Tannat que tenía una etiqueta minimalista preciosa y terminé usándolo para una base de sangría de autor con especias. El curso me dio esa libertad de no sentir que estoy arruinando el vino, sino que lo estoy transformando en algo que me gusta más a mí.

Antes de que se me enfríe el café, cierro el cuaderno. No soy ninguna experta, y siempre digo que si tenés dudas sobre cuánto alcohol estás tomando o cómo te afecta, lo mejor es charlarlo con un médico. Yo solo cuento lo que pasa en mi cocina. Si te interesa explorar este mundo sin tantas vueltas técnicas, el Curso Coctelería de Autor Online es un viaje de ida. Tiene una sección sobre cómo describir tus propios tragos que me cambió la forma de escribir estas notas.
El agua ya está a punto. Guardo la lapicera adentro del cuaderno para no perderla. Afuera, el sol ya pega en los balcones de enfrente y el día empieza a moverse. El sábado que viene me toca una botella que vi en una vinería de la calle 21 de Setiembre. No sé si me va a gustar, pero ya tengo la página en blanco esperando.