El primer auto pasó por la rambla hace un ratito. Se escucha desde acá, un zumbido que rebota en el patio interno del edificio. Tengo el cuaderno abierto sobre el mostrador de madera y una mancha de café nueva en la esquina derecha, justo arriba de la anotación del sábado a la noche. Me quedé mirando el culito de Tannat que sobró en la botella de 750ml y pensé en lo mucho que cambió mi cocina desde que crucé el río.
Un apunte antes de seguir: en este cuaderno a veces menciono cursos de Hotmart que hice para dejar de tomar siempre lo mismo. Si alguien se anota a través de mis links, la plataforma me da una comisión. A vos no te sale ni un peso más, y a mí me ayuda a seguir llenando la heladera de botellas raras. Solo recomiendo cosas que probé en este mostrador y que pagué con mi tarjeta. Si algo no me cerró, lo vas a leer igual porque no tengo alma de vendedora.
De los Malbec de oferta a la acidez de Canelones
En Palermo mi criterio era el precio. Si el Malbec estaba en promo, marchaba al carrito. Acá en Montevideo, trabajando como UX writer freelance, me encontré con un silencio los domingos que me obligó a prestar atención. Empecé a probar blancos de Canelones y tintos de Pascual Harriague por puro aburrimiento. No soy sommelier, de hecho todavía me cuesta la diferencia entre pinot noir y tempranillo si no leo la etiqueta, pero aprendí que no hace falta un protocolo de cata para que la cena no sea un embole.
El fracaso del Albariño y la milanesa con ajo
A mediados de febrero cometí un error de manual. Compré un Albariño precioso, de esos que huelen a mar y a flores blancas. Lo serví con una milanesa que tenía tanto ajo que se sentía desde el ascensor. El vino desapareció. Parecía agua. Fue un garrón porque el vino era caro para mi presupuesto de freelance. Ahí entendí que el maridaje no es una regla de etiqueta, es diseño de experiencia de usuario aplicada al paladar.
Me di cuenta de que estaba diseñando la experiencia de mi propia cena. ¿El queso va antes o después del primer sorbo? Si el plato es un grito, el vino no puede ser un susurro. Ese concepto de equilibrio lo terminé de pulir con el Curso Coctelería de Autor Online. Aunque es para tragos, la lógica de balancear lo dulce, lo amargo y lo ácido me salvó la vida al elegir botellas. Tiene un rating de 4.9 y el módulo de armado de recetas propias fue el que me sacó el miedo a experimentar.
Guiso de lentejas y el Tannat de alto voltaje
Un domingo de lluvia en mayo me puse a cocinar un guiso de lentejas. Tenía chorizo colorado y mucha potencia. Abrí un Tannat uruguayo, de esos que tienen una graduación alcohólica de entre 12.5% y 14.5%. Al principio el guiso estaba muy pesado, casi grasoso. Pero cuando el vino tocó la comida, pasó algo mágico. La estructura del Tannat «limpió» la grasa del chorizo.
Es lo que llaman maridaje por contraste. No necesitás ser una experta para notar que el segundo bocado de guiso sabe mejor que el primero porque el vino te reseteó la boca. Si tenés botellas que te sobraron y no sabés qué hacer, a veces busco ideas de cócteles con vino tinto para no tirar nada, pero con un guiso, el Tannat directo es imbatible.
Vinos para departamentos de dos ambientes
Acá está el tema: viviendo en un dos ambientes en Pocitos no tengo lugar para una cava. Mi presupuesto es limitado y no puedo comprar cinco botellas para ver cuál queda mejor con la pizza. Para quienes compartimos piso o vivimos en espacios chicos, el secreto es la versatilidad. Un rosado de corte o un Pinot Noir joven te sirven tanto para unos fideos con manteca como para una ensalada más producida.
Hace un par de fines de semana probé maridar una pizza casera (masa fina, poco queso) con un rosado local. Fue un hallazgo. No tapó el sabor del tomate y aguantó bien la masa tostada. Para estas cosas me sirvió mucho el Master en Coctelería y Mixología, que aunque tiene pocas reseñas (unas cuatro), tiene módulos sobre vinos de mesa que te abren la cabeza más allá del típico «tinto con carne».
El ritual del cuaderno y el café frío
Una tarde gris de junio me senté a revisar el cuaderno. Me di cuenta de que mi Sábado de Tannat se volvió mi forma de apropiarme de Montevideo. Ya no es solo «llenar el silencio», es entender qué pasa en este mostrador. El sonido del corcho saliendo mientras la luz del atardecer rebota en los edificios de Pocitos y el frío del vidrio en la mano ya son parte de mi rutina.
Si estás empezando, no te compliques con las «notas de cuero» o la «boca redonda». Fijate si el vino sobrevive a tu comida o si tu comida mata al vino. Yo no tengo formación profesional, solo una cuchilla mellada por un tomate y muchas ganas de que el sábado a la noche valga la pena. Consultá siempre con un profesional de la salud si tenés dudas sobre el consumo, pero para lo que es sabor, tu cuaderno es el mejor juez.
El agua del mate ya está a punto de hervir. El sol ya entró del todo por la ventana del patio interno y la mancha de café en el cuaderno se secó. Hoy toca ordenar los apuntes y decidir qué botella voy a buscar para el próximo sábado. Quizás pruebe algo más ligero, un blanco que aguante un pescado simple. Al final, el maridaje es eso: probar, anotar y no tenerle miedo al error.