Diario de Copas

Cuál es la diferencia entre pinot noir y tempranillo para aficionadas

Cuál es la diferencia entre pinot noir y tempranillo para aficionadas
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Hay una mancha de café nueva en la esquina derecha de mi cuaderno. Es redonda, perfecta, y casi tapa la anotación del sábado pasado. Afuera, el primer frío de junio en Montevideo se siente en el ruido del viento contra la persiana del departamento de Pocitos. Estoy acá, sentada frente al mostrador de madera, esperando que el agua del mate termine de decidirse a hervir mientras miro dos botellas vacías que, de lejos, parecen hermanas gemelas. Tienen esa misma forma de hombros caídos, la botella que los que saben llaman "tipo Borgoña", y que a nosotras nos sirve para confundirnos el 90% de las veces en la góndola del supermercado.

Antes de meterme en el lío de las uvas, un apunte de orden administrativo. En este diario a veces vas a ver enlaces a cursos que hice, como el de Hotmart. Si terminás anotándote en uno a través de esos links, la plataforma me reconoce una comisión. Por ejemplo, el curso de autor que tanto menciono tiene un 72% de comisión para quien lo recomienda. A vos no te sale ni un peso uruguayo más, ni un centavo argentino extra; el precio es el mismo. Solo lo cuento porque acá solo anoto lo que pasó por mi tarjeta y por mi mostrador. No soy sommelier ni médica, tengo cero formación en salud, así que si el vino te cae pesado o tenés dudas médicas, hablá con un profesional de verdad antes de descorchar.

El mito de la botella y la primera decepción de marzo

Todo empezó un sábado a la noche en marzo. Todavía hacía calor y yo quería algo tinto pero que no me pesara en el alma. Compré un Pinot Noir porque la etiqueta era linda y la botella tenía esa forma elegante. Dos fines de semana después, compré un Tempranillo de una vinería de la calle 21 de Setiembre. Cuando las puse juntas en la heladera, me di cuenta de que si les sacaba la etiqueta, no tenía idea de cuál era cuál.

Copa de vino Pinot Noir junto a un cuaderno de notas con manchas de café.

Esa noche me sentí un poco estúpida. Llevo meses anotando cosas en este cuaderno y todavía me dejo guiar por la forma del vidrio. Pero la diferencia está en la piel. Literalmente. Resulta que la uva Pinot Noir tiene la piel fina. Es una uva delicada, de esas que si las mirás fijo se estresan. Al tener la piel tan delgada, el vino que sale de ahí es más claro, casi parece un jugo de cereza oscuro si lo ponés contra la luz de la ventana. No tiene esos taninos que te dejan la lengua como un desierto.

El Tempranillo es otra historia. Es la uva reina de España, pero acá en el Río de la Plata se porta distinto. Tiene más "esqueleto". Si el Pinot Noir es una seda que pasa rápido, el Tempranillo es como una sábana de algodón recién lavada: tiene más textura, más agarre. A mediados de abril, probé uno que me dejó la boca seca pero de una forma rica, como cuando comés una fruta que todavía no terminó de madurar del todo.

Lo que aprendí quemando etapas (y mezclando tragos)

Hace un par de fines de semana, me agarró la frustración. Estaba pagando el Curso de Coctelería de Autor Online y sentía que lo único que hacía era gastar plata para terminar mezclando Malbec con tónica porque no entendía el balance. Es esa sensación de estar queriendo correr cuando todavía no sé caminar por la cocina sin chocarme con la punta de la mesa. Pero en el módulo de equilibrio, algo hizo clic.

Entendí que para mis inventos de domingo, el Pinot Noir es genial cuando quiero algo refrescante, casi como un reemplazo de un rosado pero con más carácter. En cambio, el Tempranillo me sirve cuando necesito que el vino aguante el choque con un almíbar o un bitter fuerte. Si te interesa algo más estructurado, el Master en Coctelería y Mixología tiene una calificación de 5.0 en la plataforma, y aunque tiene pocas reseñas, los módulos de vinos de mesa son una salvación para no tirar botellas a la mitad.

Mano sosteniendo una botella de vino Tempranillo en una cocina hogareña.

En mi cuaderno anoté que el Pinot Noir que probé en mayo era "transparente". No de color, sino de intención. No intenta ocultar nada. Si el vino es malo, te das cuenta enseguida. El Tempranillo, si pasó por madera, puede engañarte un poco más con esos olores a vainilla o chocolate que a veces tapan una uva medio pelo. Por eso, para las que estamos arrancando, el Pinot es el mejor maestro: es honesto hasta la crueldad.

La sorpresa del Pinot que no era tan "suave"

Acá es donde entra mi teoría de aficionada, algo que no vas a leer en una revista de vuelos. Siempre te dicen que el Tempranillo es más potente. Mentira. O al menos, no siempre. El último sábado de mayo me crucé con un Pinot Noir de una zona fría que me dio un cachetazo de taninos. Tenía una fuerza que yo no esperaba de una uva de "piel fina".

Ahí entendí que el origen lo cambia todo. Un Pinot puede ser más tánico que un Tempranillo joven si el clima lo obligó a defenderse. Es como la gente: algunos parecen tranquilos hasta que los hacés enojar. Esta revelación me sirvió para dejar de comprar por "cepa" y empezar a mirar de dónde viene la botella. Si querés profundizar en cómo estas diferencias afectan a los tragos, podés leer sobre ideas de cócteles con vino tinto fáciles, donde explico cómo aprovecho lo que queda en el fondo de la botella.

Limón cortado y coctelera lista para preparar un trago de autor con vino.

Ese sábado, mientras la cubetera no soltaba el hielo y yo peleaba con una cuchilla mellada tratando de cortar un limón para un experimento, me di cuenta de que ya no confundo tanto las botellas por el sabor. El Tempranillo tiene ese final que te recuerda al tabaco de la pipa de un abuelo o a la tierra mojada después de la lluvia en el campo. El Pinot Noir es más como caminar por un bosque de pinos: huele a hojas secas y a fruta roja chiquita.

El ritual del domingo y el cuaderno lleno

Este último domingo a la mañana, mientras el sol apenas asoma por el patio interno del edificio, cierro el cuaderno de tapa dura. El sonido de las hojas chocando contra la madera de la mesa me da una satisfacción rara. Es el sonido de ir aprendiendo. Ya no elijo por descarte, sino por intención. Si el sábado viene con amigos y pizza, sale Tempranillo. Si el sábado es para estar sola leyendo con un buzo de lana, descorcho el Pinot.

A veces me da un poco de vergüenza pensar que antes me daba lo mismo. Pero bueno, para eso está el cuaderno. Para recordar que en marzo no sabía nada y que en junio ya sé que el Pinot Noir no es "débil", es sutil. Y que el Tempranillo no es solo para el asado, sino que tiene un esqueleto que aguanta casi cualquier experimento en la coctelera. Si estás en ese punto donde querés dejar de ser una espectadora y empezar a armar tus propias mezclas, te recomiendo mucho el curso de autor. A mí me cambió la forma de mirar el estante de las bebidas.

Cuaderno cerrado y corcho de vino sobre una mesa de madera al terminar el domingo.

Me queda un poco de café frío en la taza. El aroma del corcho húmedo todavía flota en la cocina porque me olvidé de tirarlo anoche. Es un olor rico, un olor a fin de semana bien aprovechado. Mañana será lunes y volveré a los textos de UX para mis clientes, pero hoy el mostrador es mío. Ya no importa si confundo la forma de la botella; lo que importa es que ahora sé qué esperar cuando el vino toca la copa.

Si alguna vez te sentís perdida frente a la góndola, acordate: la Pinot es seda y la Tempranillo es algodón. No hay una mejor que otra, solo depende de qué tan áspero tengas el día. Y si te sobran un par de dedos de vino en la botella, no los tires; siempre hay un trago de autor esperando ser inventado en una tarde de domingo como esta.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

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