
La mancha de café en la esquina derecha de mi cuaderno ya tiene el color de un mapa viejo. Son las siete de la mañana en Pocitos y el primer auto acaba de pasar por la rambla, rompiendo el silencio del domingo. Todavía tengo en el mostrador el vaso corto de anoche, con un anillo de agua al fondo donde murió el último hielo. Mirando mis anotaciones del último año, me doy cuenta de que pasé meses tirando ginebra cara por la pileta antes de entender qué estaba haciendo mal.
Un detalle técnico antes de seguir: en este cuaderno a veces vas a encontrar enlaces a cursos de Hotmart. Si terminás comprando algo por ahí, a mí me llega una comisión que me ayuda a pagar las botellas del mes. A vos no te sale ni un peso más, ni en Montevideo ni en Buenos Aires. Solo recomiendo lo que pasó por mi tarjeta y por este mostrador. Si algo suena muy entusiasmado, es porque me sirvió posta; si no, lo vas a ver en la lista de lo que dejé sin terminar.
El día que el Malbec se convirtió en jarabe
Fue un sábado de humedad pesada a fines del verano pasado. Tenía un resto de Malbec, un poco de gin y una idea que me parecía brillante: mezclarlo con miel y vinagre balsámico porque leí por ahí que el ácido era clave. El resultado fue un líquido violeta flúor que olía a remedio para la tos. Tirar medio litro de alcohol por el desagüe duele, sobre todo cuando sos freelance y el presupuesto para el sábado es sagrado.
Me senté con el cuaderno y vi que mis notas de 'nunca más' eran mucho más largas que las de 'repetir'. Estaba tratando de ser una artista sin saber cómo se agarra el pincel. No soy sommelier ni médica, así que mi único termómetro es el paladar y el dolor de cabeza del lunes. Si tenés dudas sobre cuánto alcohol te hace bien, mejor charlalo con tu médico de cabecera; yo acá solo cuento cómo trato de que lo que tomo no sea un garrón.

La arquitectura del 2:1:1
A principios del otoño pasado, decidí frenar. Guardé el vinagre y saqué un libro viejo de mi vieja. Me di cuenta de que la coctelería no es magia, es arquitectura. Hay una regla que me cambió los domingos: la proporción 2:1:1. Es la base de casi cualquier Sour. Dos partes de alcohol, una de ácido (limón o lima) y una de dulce.
Parece una pavada, pero cuando empecé a usar el jigger en serio —esa medida de metal que tiene 30ml de un lado y 60ml del otro— todo empezó a encajar. Dejé de tirar chorros a ojo. El clic metálico del Hawthorne chocando contra el borde del vaso mientras el viento de Pocitos sacudía la ventana se volvió mi sonido favorito. Entender la estructura de un Daiquiri me enseñó más sobre equilibrio que diez intentos de inventar el 'Trago Marchetti'.
Para ordenar un poco el caos de mi biblioteca, me anoté en este Curso Coctelería Clásica Online. Es lo más sólido que encontré para arrancar sin que te hablen como si estuvieras en una nave espacial. Te explica el canon de la International Bartenders Association sin vueltas. Aprendí que un Negroni es 1:1:1 (gin, vermouth, bitter) y que si respetás eso, es imposible que te salga feo.

El riesgo de saber demasiado
Acá es donde me pongo un poco rara. Noté que aprender las recetas clásicas tiene un efecto secundario: te estandariza el paladar. Ahora, cuando quiero inventar algo, mi cerebro salta automáticamente al 2:1:1. De alguna manera, saber las reglas limita esa creatividad salvaje (y a veces asquerosa) que tenía al principio. Ya no se me ocurre ponerle balsámico a un vino porque 'sé' que no va.
A veces extraño esa ignorancia que me permitía probar combinaciones disruptivas. Pero la verdad, prefiero un trago rico y predecible a un experimento que termina en la pileta. Si buscás algo más avanzado para cuando ya sepas las bases, el Curso Coctelería de Autor Online es el que más me marcó, sobre todo para entender cómo 'vestir' a esos clásicos con ingredientes locales.

El cuaderno ya no miente
Ayer sábado, en lugar de inventar, hice un Manhattan siguiendo el manual. Use el jigger, enfrié la copa, cuidé los hielos. No hubo sorpresas, pero tampoco hubo desperdicio. Mi cuaderno ahora tiene más páginas de 'repetir' que de 'garrón'.
Si estás recién empezando a armar tu rincón, quizás te sirva mirar lo que anoté sobre utensilios básicos de coctelería para un departamento. O si te da por el lado de las cepas de acá, mi entrada sobre el Sábado de Tannat te puede dar una idea de cómo empecé a mezclar mis propias botellas.
El agua del mate ya está a punto. La botella de anoche quedó con un dedo de líquido que voy a tirar antes de lavar el vaso. No soy profesional ni pretendo serlo, solo soy una persona que vive en Pocitos y que entendió que, antes de querer romper las reglas, hay que saber cuánto miden 30 mililitros.