Diario de Copas

Por qué aprender recetas de coctelería clásica antes de inventar tragos

Coctelería clásica en Pocitos: jigger, cuaderno y botellas sobre el mostrador antes de inventar tragos

Un trago armado con el jigger en la mano y otro tirado a ojo no terminan en el mismo lugar: uno se puede repetir el sábado que viene, el otro casi nunca llega a la segunda vez. Ahí está la diferencia completa entre aprender coctelería clásica primero y salir directo a inventar recetas de cócteles sin ninguna base debajo.

Antes de seguir, una aclaración de cuaderno: algunos enlaces de acá abajo llevan a cursos de Hotmart. Si comprás algo por ese camino me llega una comisión chica, la que ayuda a pagar botellas del mes que viene. A vos no te cambia el precio ni un peso, estés en Montevideo, en Buenos Aires o en Lima. Sólo dejo el enlace cuando el curso de verdad pasó por este mostrador.

Coctelería clásica: la arquitectura detrás del 2:1:1

Hay una regla que ordena casi cualquier trago clásico: la proporción 2:1:1. Dos partes de alcohol, una de ácido —limón o lima— y una de dulce. Es la base de cualquier Sour, y entendida una vez sirve para decenas de recetas distintas sin memorizar cada una por separado. Eso es mixología básica, no un secreto de barra escondido.

Colador Hawthorne de coctelería clásica apoyado sobre el borde de un vaso de vidrio

Empecé a usar el jigger en serio —esa medida de metal con treinta mililitros de un lado y sesenta del otro— y dejé de tirar chorros a ojo, calculando de más por las dudas. El cuaderno queda abierto en la esquina izquierda del mostrador angosto mientras mido; las botellas están alineadas atrás, contra la pared detrás de la heladera. Para poner algo de orden en mi biblioteca de recetas sueltas uso el Curso Coctelería Clásica Online, que cubre el repertorio de siempre —Manhattan, Daiquirí, Mojito, Negroni— sin vueltas raras y es de esos que se abren en una tarde sin sentir que hay que terminarlos a la fuerza; eso sí, no enseña a inventar nada y alguna marca que pide hay que sustituirla a ojo porque no llega al supermercado del barrio. Ahí aprendí que un Negroni es 1:1:1 —gin, vermú, amargo— y que respetando esa medida es difícil que salga mal; el vermú de esa fórmula da para su propio capítulo, que no es este.

Jigger de mixología básica midiendo treinta y sesenta mililitros sobre mesada de madera

Ninguna receta clásica dice cuánto revolver un trago antes de que el hielo lo aguache, ni cómo exprimir el cítrico sin que se cuele el amargor de la cáscara, ni el gesto justo para sostener la coctelera sin que se resbale de la mano — cada una de esas cosas la cuento aparte, en otra entrada de este cuaderno. El almíbar casero que ajusta el punto dulce también merece su propia página, no la de hoy.

Aprender los clásicos antes de animarte a la coctelería de autor

Acá me pongo un poco rara. Aprender las recetas clásicas tiene un efecto raro: te estandariza el paladar. Ahora, cuando quiero inventar algo, el cerebro salta directo al 2:1:1 antes de dejarme probar cualquier otra cosa. Saber la regla frena esa creatividad medio salvaje —y a veces bastante fea— que tenía al principio, cuando no sabía nada y por eso mismo no le tenía miedo a nada.

Cuaderno de recetas de cócteles con la proporción 2:1:1 escrita a mano

Con las bases más firmes, el Curso Coctelería de Autor Online fue el que más me marcó para dar el paso siguiente: hay un módulo de armado de receta propia que me empujó a dejar de copiar tragos de algún bar de Pocitos y a empezar a anotar los míos, y una sección sobre cómo describir tu propio trago por escrito que terminó cambiando cómo escribo este mismo diario. Es de los cursos más caros del catálogo en este rubro, y todavía no estoy segura de que el costo se justifique si no pensás vender nada de lo que hacés. Además asume que conseguís bitters y aguardientes locales con cierta facilidad, algo que desde un departamento sin auto en Pocitos a veces es un parto entero. Infusionar el propio alcohol con especias de la alacena es otro terreno que pisé por mi cuenta, con resultados bastante dispares.

Abril, una lectora de Lima que escribe desde los primeros meses del sitio, siempre pregunta si las marcas que menciono se consiguen allá. La respuesta casi nunca es un sí simple, y ese es justo el problema que señala el curso de autor: la receta más linda del mundo no sirve de mucho si el ingrediente exacto vive a dos países de distancia.

Cuando la lógica del trago se coló en cómo elijo el vino

Esto no se quedó solamente en la coctelera. Hace poco agarré una botella en la góndola del súper, en el Shopping Punta Carretas, mirando primero la región y recién después el precio, sin ni siquiera pensarlo como una decisión rara. Antes elegía por la etiqueta más linda o por lo que ya conocía de memoria.

Compré, hace un tiempo, una guía de maridajes que pedía vinos que no existían en ninguna góndola del barrio: nombres específicos, cepas puntuales, como si todas viviéramos al lado de una vinoteca enorme. La terminé usando de tope de mesa. Maridar vino con comida sencilla de casa es tema para otra entrada — ahí sí voy a contar qué funcionó después de esa guía inútil. Catar en casa sin ser experta también tiene su propio método, que tampoco es el de hoy.

Paz, mi amiga de Buenos Aires, me mandó un audio de dos minutos el otro día preguntando básicamente lo mismo que me venía preguntando yo: por qué de golpe elijo distinto. Todavía me cuesta diferenciar un Pinot Noir de un Tempranillo si la botella tiene la misma forma, así que la explicación que le di no fue muy sofisticada. Pero la estructura que aprendí con los tragos —proporción antes que impulso— se metió en la góndola del vino sin que yo se lo pidiera.

Seguir el manual o largarse sola: cuándo conviene cada cosa

La regla que uso ahora es simple. Sigo el manual cuando hay gente invitada, cuando la botella que voy a abrir no es de las que se reponen fácil, o cuando no tengo ganas de tirar nada por el desagüe esa noche. Me permito inventar cuando estoy sola, cuando el desperdicio de un trago no le arruina la noche a nadie más que a mí, y cuando ya tengo la estructura clásica tan metida en el cuerpo que hasta el error sale ordenado.

Si estás armando tu propio rincón de a poco, lo que anoté sobre utensilios básicos de coctelería para un departamento capaz te ahorra alguna compra de más. Y si te tira más el lado de las cepas de acá, la entrada sobre el Sábado de Tannat cuenta cómo empecé a animarme con botellas que no elegía antes.

El agua del mate ya está lista. La botella de anoche queda con un resto que voy a tirar recién antes de lavar el vaso, y el cuaderno sigue abierto en la misma página donde lo dejé.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.

Artículos relacionados