
La cubetera de silicona se puso caprichosa esta mañana. Tuve que golpearla contra el borde de la mesada tres veces hasta que el primer hielo saltó y terminó adentro del mate cocido frío. Son esas cosas que te pasan un domingo a las siete, cuando el sol apenas empieza a rebotar en las ventanas del patio interno del edificio y el único ruido es el de algún auto que baja por la Rambla de Pocitos buscando la sombra. Tengo el cuaderno abierto en la página del sábado pasado y todavía queda un anillo de condensación sobre un informe de UX que imprimí al divino botón.
Antes de meternos en el barro de las botellas, un aviso parroquial. En este cuaderno a veces pongo enlaces a cursos de Hotmart que hice o que tengo en la lista. Si comprás algo por ahí, a mí me queda una comisión chiquita que me ayuda a seguir llenando la heladera, pero a vos te sale exactamente lo mismo. Son cosas que probé yo en este mostrador. Y por las dudas: no soy sommelier ni médica. Si el tema del alcohol te preocupa o tenés dudas de salud, mejor charlalo con un profesional de verdad, no con una UX writer que escribe esto mientras espera que hierva el agua.
De Palermo a Montevideo: el cambio de color
Cuando vivía en Palermo, mis veranos eran una seguidilla de Malbec pesados. No importaba que hicieran treinta y cinco grados a la sombra; en los asados se tomaba tinto y punto. Pero mudarme a Montevideo en 2023 me cambió el chip. Acá la humedad te abraza de una forma distinta. En enero pasado, sentada en el balcón de este departamento de dos ambientes, me di cuenta de que el tinto me estaba pidiendo tregua. El cielo se puso de un color salmón pálido, igualito al primer Rosé de Canelones que descorché por curiosidad.
Esa tarde entendí que el rosado uruguayo no es ese jugo dulce que te venden en las películas. Me sorprendió la estructura. Me puse a leer un poco y resulta que el 60% de la producción de vino en Uruguay sale de Canelones, y ahí se están tomando muy en serio lo de hacer rosados que se banquen una comida de verdad. No son aguas saborizadas; tienen cuerpo.

El experimento de los sábados y el Tannat rosado
Pasé casi todos los sábados de este último verano probando botellas. Mi gran descubrimiento fue el Tannat rosado. Suena raro porque el Tannat es la uva insignia de acá y suele ser un tinto que te tiñe hasta el alma, pero en versión rosada es otra cosa. Usan mucho el método de sangrado o Saignée, que básicamente es dejar el jugo en contacto con la piel de la uva un ratito corto para que agarre color y un poco de esa fuerza, pero sin volverse pesado.
Lo que me anoté en el cuaderno es que estos rosados suelen andar entre un 12.5-13.5% de alcohol. Es el punto justo. Te permite tomar una copa mientras esperás que se doren las achuras sin que te pegue el sol en la nuca tan fuerte. Pero ojo, que la frescura engaña. Una noche me entusiasmé con una botella de una bodega boutique cerca de la ruta 5 y el domingo me costó encontrar la tecla 'Delete' en el teclado de la compu.
La temperatura: el drama de los 7-10°C
Acá es donde la teoría se choca con la realidad del mostrador de cocina. Los libros dicen que el rosado se toma entre 7-10°C. En una cata profesional, con aire acondicionado, es fácil. Pero en un asado al aire libre en febrero, con la humedad de la costa, el vino pasa de estar perfecto a parecer una sopa en diez minutos.
He visto gente ponerle hielos al vino y, la verdad, al principio me daba un poco de cosa. Pero después de una tarde donde el vino se me calentó tanto que le sentía gusto a metal, empecé a relajar. Si el calor está insoportable, prefiero un hielo antes que tirar el vino. De hecho, empecé a aplicar un poco de lo que aprendí en el Curso Coctelería de Autor Online. El módulo de armado de recetas me enseñó a equilibrar el ácido y el dulce, y eso me sirvió para entender que un rosado con un toque de soda y mucho hielo es, a veces, la mejor forma de no arruinar la tarde.

Un fracaso rotundo: Pinot Noir y Chivito
No todo es color de rosa, literalmente. Un sábado de marzo, de esos donde la humedad te deja la ropa pegada al cuerpo, pedí un chivito con todo (panceta, aceitunas, picante) y se me ocurrió abrir un Pinot Noir rosado muy delicado, casi blanco. Fue un error de UX total. El vino era tan seco y sutil que el picante del chivito lo borró del mapa. Sentía que estaba tomando agua metálica.
Me sentí una tonta por no haber buscado antes cómo maridar vinos uruguayos con platos sencillos hechos en casa. Me hubiera ahorrado una botella que merecía un respeto que yo no le di esa noche. Ahí entendí que si la comida tiene carácter, el rosado tiene que ser un Tannat con más presencia, no un Pinot que parece un suspiro.
La técnica del anfitrión desesperado
Si vas a organizar algo afuera, tenés que ser proactiva con el frío. Yo ya no confío en la heladera sola. Lo que hago ahora es meter la botella en un balde con mitad agua, mitad hielo y un puñado de sal gruesa. Eso te baja la temperatura en minutos. Es un truco básico, pero te salva la vida cuando tus amigos llegan con sed y vos te olvidaste la botella arriba de la mesa de luz.
También empecé a fijarme en cómo guardo las botellas que sobran. Como vivo en un departamento chico, no tengo espacio para lujos, así que sigo mis propios consejos prácticos sobre cómo guardar vino en casa sin tener una cava. Básicamente: lejos del horno y de la luz de la ventana que da al patio.

Cerrando el cuaderno de verano
A veces me pregunto qué pensarían mis amigos de Buenos Aires si me vieran acá, con mi copita de rosado frío, esquivando los tintos potentes que compartíamos antes. Quizás piensen que me ablandé. Pero hay algo en la luz de Montevideo, en la sal de la Rambla que entra por la ventana, que te pide esta liviandad.
Si recién estás arrancando y no querés gastar una fortuna, hay un Curso Coctelería Clásica Online que es muy sólido para entender las bases antes de ponerte a inventar. A mí me sirvió para no tenerle miedo a las mezclas. El domingo que viene seguro pruebe algo distinto, quizás un vermut de esos que se están haciendo acá cerca.
Ahora el agua ya está a punto. Voy a cerrar el cuaderno, guardar la lapicera en el cajón de los cubiertos y cebar el primer mate. El sol ya pegó de lleno en la pared de enfrente y el departamento se está empezando a calentar, pero por suerte todavía queda un poco de ese rosado en la heladera para cuando baje el sol.